Relacionándonos a través de dispositivos

Entender los parámetros de comportamiento y de socialización que han terminado imponiéndose debido a la pandemia, es el primer paso para rescatar la relación con los otros y para ponerle de nuevo una cara a la comunicación entre las personas.

Cuando las diversas coyunturas sociales, convierten ciertos temas en el pan de cada día, no es fácil abordarlos tratando de darles una mirada diferente, novedosa, ser creativos en la perspectiva o en el análisis y verlos a través de un prisma distinto. Esto sucede cuando pretendemos hablar de una realidad innegable como es que la tecnología ha revolucionado nuestra existencia en todos los ámbitos: la industria, el comercio, el campo laboral, las relaciones sociales, sentimentales y familiares.

Sin embargo, no todos estos cambios han sido favorables, ni la “evolución” en la forma de relacionarnos con los demás ha sido del todo positiva, es más, dejando de lado las ventajas relacionadas con la economía, la industria , los negocios, tenderíamos a pensar que es más lo que hemos perdido que lo que hemos ganado. Y es por eso que nos surge esta gran incógnita: ¿Qué está pasando con nuestras habilidades sociales en este mundo liderado por la tecnología?

Cuerpo presente, mente ausente

Prácticamente no existen distancias ni ausencias pues los avances tecnológicos nos han regalado el poder de la omnipresencia, aunque paradójicamente, lo que está sucediendo es que terminamos estando en todas partes, pero siempre a medias: nuestro cuerpo está presente pero nuestra mente navega por otras latitudes. Terminamos queriendo estar con esos que tenemos lejos y olvidándonos de los que tenemos cerca. Terminamos queriendo estar en ese lugar donde están los otros en este mismo momento.

El estar compartiendo de manera permanente y casi que inmediata lo que hacemos, sentimos o pensamos, y el estar enterándonos a cada segundo de lo que hacen, piensan o sienten los demás, nos hace entrar en un estado de ausencia permanente, donde el presente se vuelve borroso y pasa desapercibido, donde lo único constante es cómo evadimos cada minuto. Ya sea que se reconozca o que se ignore, estamos en la dinámica permanente de estar comparando nuestras vidas con las de los demás, mostrando por supuesto, solo esa parte feliz: cara de éxito, momentos inolvidables, triunfos, logros, viajes y vacaciones bajo el sol. En definitiva es un engaño permanente para los demás, pero la realidad es, que en el fondo, no nos engañamos a nosotros mismos.

Todo esto se da, porque estamos relacionándonos con todos y con nadie al mismo tiempo. No tenemos interlocutores reales, interesados, cada quien anda buscando cómo mostrarse ante los demás. No hay una cara del otro lado, con unos ojos que nos reconozcan, no hay retroalimentación y los momentos de cercanía y contacto con los demás, de relaciones verdaderas donde no solo se habla de lo bueno, sino de lo malo, lo triste y los difícil de la vida, son cada vez más escasos.

Las relaciones auténticas, construidas a través del tiempo, en las que se invierten atención e interés, ajenas a esa necesidad de mostrar lo que no somos, son justamente las relaciones en las cuales podemos compartir lo que es una verdadera amistad; donde los fracasos, los desaciertos, y las tristezas se comparten de la misma manera, o mejor aún, con mayor interés, que los momentos de felicidad. Estas relaciones no se construyen a través de una vida ideal ni por medio de una pantalla.

El panorama en los jóvenes

Si los adultos, ya seamos adultos jóvenes o mayores, nos vemos envueltos esta dinámica, sabiendo que alcanzamos a desarrollar otro tipo de relaciones interpersonales antes de esta invasión tecnológica, ¿qué sucede entonces con las generaciones más jóvenes para quienes esta es la forma natural de relacionarse?

Esta es, sin duda alguna una situación aun más preocupante, que a grandes rasgos, abarca dos frentes: uno, es la incapacidad de lidiar con los intercambios sociales espontáneos, y otro, la poca o nula habilidad que están teniendo para iniciar y desarrollar relaciones duraderas.

Cuando hablamos de incapacidad de enfrentar los intercambios sociales espontáneos nos referimos a cosas tan simples como poder tener de manera relajada una conversación que se inicia en un ascensor, o en una fila cualquiera. Los jóvenes, evitan al máximo estas situaciones resguardándose del mundo exterior ya sea con sus ojos fijos en sus smart phones o, de manera más evidente aún, con sus audífonos puestos en sus oídos. Sea cual sea la estrategia, se protegen con un escudo invisible que los separa y los aísla de ese posible contacto con el mundo, al cual, no saben cómo reaccionar.

Muchas veces la desconexión con el entorno llega a ser de tal magnitud, que pierden la conciencia espacial que los rodea. No es raro ver a los jóvenes totalmente ausentes de su entorno, al punto que no se dan cuenta, por ejemplo, que están atravesados en medio de un río de gente que va de un lado al otro, o en la mitad de la calle. Son un obstáculo puesto en la mitad de las personas, el cual, todos los demás deben esquivar, pero ellos, están tan absortos en su mundo virtual que no lo notan.

Dos facetas de un mismo yo

La otra faceta relacionada con su comportamiento social es la que tiene que ver con una personalidad ajena que desarrollan. Cuando se comunican a través de la pantalla, –usualmente los mensajes de texto, son los que predomina en este aspecto- muestran una personalidad que poco y nada tiene que ver con quienes son y con cómo se sienten en realidad ante los demás.

Sucede entonces, que viven en una especie de mundos paralelos, con personalidades paralelas, donde a través de los mensajes, hablan, comentan, hacen chistes y opinan, pero una vez que el encuentro es cara a cara, se ven ante un enorme esfuerzo de musitar siquiera tres frases seguidas, situación que se acentúa aún más, cuando se trata de un intercambio con alguien del sexo opuesto.

La naturaleza de los textos es impersonal, al punto que con frecuencia se terminan expresando ideas y pensamientos que jamás le dirían a esa otra persona si la tuvieran en frente. Las palabras viajan vacías, sin expresión, son solo eso, letras que se juntan para formar una idea carente de cualquier sentimiento que les de vida. Por eso, es necesaria la interacción, el cara a cara con los demás, pues solo de esta manera se aprende a conocer el mundo de las emociones, solo así se vive de manera concreta lo que es el poder de las palabras: cuando logramos ver qué le sucede al otro como respuesta a lo que nosotros decimos; en ese momento, se empieza a hacer conciencia de la importancia de todo cuanto expresamos.

Esto sucede, porque al haber entrado en contacto con la opción tecnológica como su primera forma de relacionarse socialmente, poco y nada han logrado desarrollar las habilidades necesarias para manejar una relación frente a otro ser humano igual a ellos: vencer la timidez, aprender a leer el lenguaje corporal, tener conciencia de su propia presencia, aprender a manejar el contacto visual, manejar los silencios, etc.

Somos seres sociales que necesitamos del contacto con nuestros pares para el sano desarrollo nuestras mentes y nuestras emociones. El sustituir este tipo de interacción real y dejarla relegada solamente a su desarrollo a través de algún tipo de dispositivo, está causando sin duda alguna, una sensación muy grande de aislamiento y soledad.
Muchos estudios han demostrado que las personas que están activas en el ciber-espacio por grandes cantidades de tiempo y metidas no solo en una conversación si no en todos los escenarios posibles a la misma vez, una vez terminadas las sesiones y cuando se hace eminente la desconexión, de manera muy frecuente, aparece un estado de ansiedad acompañado de una marcada sensación de soledad.

Buscando el término medio

La tecnología es fascinante y sus aportes han sido de unas magnitudes inmensurables, pero tal vez su alcance llegó más allá de donde debería haber llegado.

Le abrimos la puerta y entró sin preguntar a cada rincón de nuestras vidas desajustando muchos aspectos que debemos encaminar de nuevo, y sobre todo, invadiendo espacios que deben quedar reservados a la comunicación personal en la que no intervengan aspectos exteriores más allá de las palabras y los sentimientos que queremos compartir.

Es importante buscar el punto medio. Aprovechar todo lo positivo que nos ofrece en términos de conocimiento, posibilidades de investigación y puertas que se abren para ampliar nuestra mente y nuestras fronteras. Pero todo esto hay que hacerlo de la mano de nuestro lado más humano; nuestras emociones.

Desconectémonos de los aparatos y reconectémonos con quienes nos rodean, con lo esencial de la comunicación que en la necesidad de las personas de crear un vínculo afectivo donde haya un intercambio real que nos nutra y nos demuestre que no estamos solos.

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